
Más vale “maña”...
La última jornada de puertas abiertas de Zaragoza marcó un salto cualitativo en este tipo de espectáculos
Hay un factor que explica el éxito que suele coronar las jornadas de puertas abiertas de la Base Aérea de Zaragoza: el objetivo de divertir. Puede que la explicación esté en que quienes allí organizan este tipo de actividades, además de viajar y ver mundo, se han molestado en observar y analizar, en lugar de simplemente mirar. El pasado 22 de mayo, la Base Aérea de Zaragoza abrió sus puertas al público y lo que pudo haber sido una exhibición raquítica se convirtió en una de las más inolvidables maneras de pasar cuatro horas de un domingo en la capital maña. Porque, consciente y premeditadamente, la base de Zaragoza ofreció un puñado de espectáculos simultáneos, abiertos a todos los públicos. Un mérito que le honra a un puñado de personas que saben que, para organizar un espectáculo de estas características, hay que deslomarse. Pero que hacerlo bien, como lo hicieron, exige el mismo esfuerzo que hacerlo mal.
Si todo hubiera quedado en los tradicionales tres ejercicios de demostración en vuelo, un salto de paracaidistas y una exposición estática de telón de fondo, el resultado habría sido rancio y pobre. Pero la Base Aérea de Zaragoza no está en la “Media” de la JPA ibérica, sino en una interesante “Desviación Típica” que apunta hacia el futuro. Y es que, en la jornada de puertas abiertas del pasado 22 de mayo, los aviones y los helicópteros, con ser el centro de la atención, eran sólo una parte del todo.
La organización dio un protagonismo especial a la dotación de la Policía Aérea de la base, que sirve de modelo de P.A. al resto de bases del Ejército del Aire, con una impresionante demostración de adiestramiento de sus perros. También hubo una muestra práctica de cetrería. El público infantil tuvo una muy especial pista de entrenamiento para guerrilla, en cuyas colas se respiraba la impaciencia de niñas y niños por entrar a hacer el recorrido. Los nada motivadores “bares de campaña” habituales en actos de este tipo en instalaciones militares eran, primero, más grandes; segundo, estaban atendidos por más gente, y tercero, créanme, tenían helados. Esto de los helados es fundamental, porque una JPA con helados es como una ciudad con cines: nada que ver con la opción opuesta.
La clave del éxito de todo este esquema es que, salvo momentos excepcionales, todos los espectáculos descritos funcionaban simultáneamente. He ahí el secreto y el resultado de una buena observación. Es decir, que el público se trasladaba continuamente, de un escenario a otro, con lo que se consiguió un efecto
multiplicador. No se sumaban elementos de diversión: se multiplicaban unos con otros.
Y además del privilegio de ver despegar y aterrizar a los aviones (algo imposible en un festival aéreo), la jornada de puertas abiertas de Zaragoza concedió también el privilegio de ver de cerca, por ejemplo, a Rosa García Malea, la primera mujer piloto de combate del Ejército del Aire, vendiendo todo tipo de recuerdos del Ala 12.
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